Bienvenido a En Defensa del Conocimiento y la Cultura para Todos!

     Contenido
Diversidad Cultural
Derechos de autor y creación
Conocimiento libre
Tratados de libre comercio
Conocimientos y expresiones culturales tradicionales
Industrias Culturales
Derechos Culturales
Acceso al conocimiento
Problematica del derecho de autor en foros internacionales
Coleccion de absurdos
Eventos
Informes 301
Otras de propiedad intelectual
Cultura y globalización
Sociedad de la Información
Software Libre
Robo de cerebros
ALBA
CUBA

La Cultura, Corazón del Humanismo Revolucionario.
Francois Houtard



La cultura constituye la especificidad del ser humano, no hay hombre ni mujer sin cultura.


La cultura constituye la especificidad del ser humano, no hay hombre ni mujer sin cultura. Todo proceso revolucionario auténtico, tiene que reconocerlo contra el elitismo de los sistemas sociales que impone la cultura de algunos al conjunto de la sociedad.

Debemos recordar que las numerosas expresiones que nacen de las culturas son fruto de una realidad inscrita en la humanidad misma. Como dice Aurelio Alonso, la cultura no sólo se puede concebir como una creación artística y literaria, sino como todo lo que tiene que ver con la espiritualidad humana. Se trata del conjunto de las representaciones de la realidad, tanto de las relaciones con la naturaleza como de las relaciones sociales, hasta las representaciones de las representaciones que permiten a los seres humanos interpretar el mundo, definirlo y transformarlo, de recordar el pasado y de anticipar el futuro. 


Lejos de ser una simple superestructura, la cultura es según las palabras de  un antropólogo francés, la parte ideal del hombre real. La cultura no solamente refleja las relaciones que los seres humanos establecen con el ambiente físico, y entre ellos mismos, sino que forman parte del proceso mismo de su construcción. Sin duda no hay cultura sin vida física, sin embargo el sentido de este mundo, siempre más descubierto por la mente humana como un pasaje del tiempo físico al biológico y finalmente al antropológico, es un proceso de larga evolución  que no tendrá existencia sin la emergencia de la cultura. Sí, la cultura es la materia, y la materia es cultura.
 
Está claro que somos seres sociales, incapaces de manejar solos nuestras vidas, en búsqueda del cómo nuestros antepasados organizaron el mundo y escribieron la historia, concientes que de una manera u otra somos responsables del porvenir de las generaciones que siguen. Así, la cultura es una construcción colectiva, en la cual todos participan, cualquiera sea la condición de un ocupante de la sociedad. Cada ser humano crea cultura, pero no como un individuo aislado, sino en función de su posición social, étnica, de género, de clase social, siempre condicionado por su pertenencia, sin embargo.


La cultura es también palabra, y puede trascender el peso de las estructuras. El sabio puede inventar, el intelectual puede anticipar, el poeta puede soñar, el joven puede amar, el pobre puede gritar. La fuerza del las palabras es tremenda, ella puede cambiar la suerte del mundo.


“La historia me absolverá”, decía Fidel Castro durante su juicio, y cincuenta años después es otro mundo el que conocemos en el continente, con cambios demasiado lentos, por supuesto,  pero que anuncian el fracaso del proyecto imperialista y el inicio de un nuevo periodo.
 
El símbolo de la palabra, tiene también un sentido aún más amplio. San Juan  no dudó en empezar su evangelio escribiendo “la palabra se hizo carne”; seguramente eso significa que el símbolo no tiene realidad si no se transforma en materia, pero significa  también que sin el símbolo la materia no tiene  sentido. Es la palabra lo que da la vida, en la génesis, en un magnífico relato mítico, los elementos y los varios seres vivientes sostienen su existencia por el hecho de decir un nombre, nombrar es crear.


La palabra da al ser su realidad, hace aparecer la vida, el símbolo se amplió en este texto con toda su fuerza cuando afirmó que el hombre es similar a dios, significando que él también tiene la posibilidad de proferir una palabra. Cada ser humano disfruta de esta potencialidad, pero no siempre puede ejercerla, impedido por el entorno social.


Es el papel de una revolución devolver a cada uno su derecho a la palabra, su capacidad creativa de nombrar, su posibilidad de actuar en solidaridad, creando estructuras económicas, sociales y políticas que lo permitan.
 
La cultura, como una corriente de agua se introduce en todos los elementos de la vida colectiva, la lengua, las costumbres, las leyes, la tecnología, el arte, la religión y también la organización social y la política. Es por eso que ella forja la identidad. Cada grupo tiene su patrimonio cultural y lo especifica nacional o socialmente.
 
Es lo que confiere a la cultura no solamente un carácter diversificado, sino también un aspecto de polivalencia.
 
La cultura participa a las contradicciones sociales, y a su reproducción.
Hay las culturas de los dominantes, legitimando su posición social, y las culturas populares que al lado del grito por la justicia, vinculan también el machismo, el racismo, y un pensamiento que identifica el símbolo a la realidad, lo que impide una acción eficaz para transformar las estructuras sociales y políticas.
 
Esta última consideración permite abordar el tema de la religión, que es parte de la cultura que se refiere a lo sobrenatural. Las religiones participan del carácter ambiguo de la cultura. Carlos Marx lo había bien entendido, hablando de ellas como el respiro de la criatura oprimida y no solamente como el opio del pueblo. Sin duda, él había reconocido el aspecto crítico de las estructuras de justicia que se encontró en la lucha de los budistas asiáticos contra el colonialismo, o la resistencia de muchos musulmanes contra el imperialismo, y también la importancia de la  teología de la liberación para el compromiso revolucionario de tantos cristianos en América Latina.


En verdad en estas características religiosas no encontramos las ambiguedades de las religiones tales como la función de identidad exclusiva o el compromiso político de las instituciones religiosas con los poderes políticos, los más reaccionarios. De todas maneras la religión es también un patrimonio de los pueblos, en particular de las clases populares. Como es un patrimonio vivo, es capaz de evolucionar. No se trata de absolutizar las formas de las religiones populares, sino de reconocer que ellas son portadoras de valores críticos de la lógica del capitalismo globalizado, en particular de la relación con la naturaleza, la pacha -mama, y la simbiosis entre el ser humano y la naturaleza, y también la solidaridad contra el individualismo exacerbado del neroliberalismo.
 
Es bien claro que una verdadera revolución no puede ser sino también una revolución cultural. No se trata solamente de transformar estructuras económicas y políticas, sino también las representaciones que permiten su revolución. Es un proceso dialéctico, que no puede aceptar una actitud voluntarista imponiendo esquemas de pensamiento antes de haber creado las condiciones de su aceptación, pero que tampoco permite ignorar la parte ideal de lo real y su papel protagonista en la construcción de la utopía. Especialmente la utopía que caracteriza la actitud revolucionaria.
 
Nada más peligroso que una revolución institucionalizada, que paraliza la utopía. Esa utopía necesaria como dice Paul Ricard, y que no es el equivalente de lo ilusorio, sino de lo que no existe hoy, pero que podría existir mañana. Es esta  actitud la que caracterizó al Che Guevara. Nunca satisfecho del statu quo. También de la revolución, siempre soñando con futuros mejores, hasta entregar su vida. Y muy crítico de la pérdida del pensamiento utópico en los países del socialismo real.. Para el Che, sin embargo, no se trataba de una utopía desvinculada de lo real cotidiano; él sabía que las utopías no caen del cielo, sino que se construyen colectivamente, tanto en la guerra, como en el modelo económico. Para el Che, utopía  significaba alternativas.
 
La revolución cubana comprobó el valor de la cultura en un proceso de cambio, pero también demostró la dificultad de su realización. Más de un millón de cubanos dejaron el país, incapaces de abandonar sus privilegios de clases o de adoptar una nueva visión de la sociedad y del mundo, pero algunos de ellos también, por no ser aceptados ni integrados, en el proceso, por varias razones, incluso religiosas. Es imposible describir en pocas palabras el aporte de la revolución cubana a la transformación cultural.
 
La inspiración de José Martí ha tenido un papel central, poco entendido en el exterior del continente. Martí afirmaba la necesidad de la cultura, hasta la poesía, para la vida del pueblo. Lo fundamental puede redefinir el proyecto de sociedad, y la organización de la economía en función del bien común y no del provecho capitalista. Significó un cambio profundo de los valores que consolidan la sociedad, no una transformación lineal, sino llena de muchos obstáculos, contradicciones y errores, pero constante. El proyecto fue muy afectado en su aplicación concreta durante los años de predominancia soviética. Prácticamente paralizado durante el periodo especial, y muy difícil de reanimar por la necesidad de sobrevivir en un océano capitalista, sin embargo, sobrevivió a todas las tempestades y últimamente resistió a la tentación de sacrificar los logros de la revolución en la salud, la educación, el deporte, las expresiones culturales, y la solidaridad internacional, al contrario de lo que pasó en otros países socialistas.
 
Eso significa el respeto a los valores, parte esencial de la cultura.
No se puede negar el hecho de que todo proceso social y cultural es dialéctico. El olvido de esta realidad conduce al dogmatismo, y a la ceguera, factores centrales de la caída del socialismo este-europeo a pesar de sus numerosos  logros económicos y sociales. Por otro lado la estrategia del adversario tiende también a crear rigidez y endurecimiento en reacción de defensa. Cuba tampoco escapó a este proceso. Pero en el dominio de las expresiones culturales, se ha logrado desarrollar una resistencia eficaz gracias a una apertura dinámica.
 
¿Cómo construir un proceso revolucionario en el campo del arte, de la literatura, de la poesía, de la música, de la danza, evitando una instrumentalización política de la creación artística?. Pocos años después del triunfo de la revolución cubana, el mecanismo de la selección de la creación artística de los países de economía capitalista era el mercado, pero el socialismo no había creado una eficiente selección cultural, haciendo de ella una función estatal.  De hecho, hemos conocido en países revolucionarios varias manifestaciones del llamado arte socialista, que al contrario del pensamiento tradicional precapitalista, no identificaba el símbolo con la realidad, sino la realidad con el  símbolo. Recuerdo que en un  país con una cultura milenaria, como Vietnám, se presentaba a la mujer socialista en los espacios públicos, bajo la apariencia de una verdadera azafata de Aeroflot.
 
Desde el principio de la revolución Fidel Castro tomó posiciones claras.
En sus palabras a los intelectuales se opuso a los dogmatismos y sectarismos.  Carlos Rodriguez, por su parte, afirmó muy temprano, “si no vencemos el dogma, es el dogma quien nos vencerá”. La Unión de Escritores, la Casa de las Américas, la Feria del Libro, los múltiples festivales, las numerosas revistas, pero también la formación de miles de  instructores de arte, para las  escuelas primarias y secundarias y la promoción de la cultura, evidenciaron la importancia atribuida a las expresiones culturales a pesar de las dificultades materiales del país.
 
Quiero referirme a la fábula La Cigarra y la Hormiga, de Félix María de Samaniego. Abel Prieto hizo una invocación del papel de la cultura  en el proceso revolucionario: “los que cantan y los que producen y acumulan -dice Abel- se confunden en un solo individuo, el pueblo cubano está compuesto de cigarras que cultivan la tierra y de hormigas que cantan”. Es lo que muchos  socialistas europeos entendían difícilmente. En el año 63 tomé el famoso vuelo La Habana –Praga, del cual habla Roberto Fernández Retamar, cuando pasó dos días sentado con el Che a causa de una falla técnica. El avión estaba lleno de expertos este-europeos que se preguntaban con mucha inquietud cómo era posible construir el socialismo en un país donde todos tocaban la guitarra.


Abel Prieto recordaba en este artículo que el arte tiene un papel crítico, que significa una reflexión política  sobre el hombre y la sociedad. El no ocultaba el hecho de que no se trataba de una posición confortable y que la revolución cubana pasó también por momentos de contradicciones, fruto, dice él, del socialismo real, del pragmatismo, todo lo contrario del pensamiento martiano. Sin duda, queda mucho que hacer. Nadie pretende que la revolución cubana sea la Nueva Jerusalén. Muchos piensan en nuevos pasos y en el papel de la cultura. Los  vientos de la globalización capitalista sacuden al mundo. El imperio  en declinación es capaz de hacer pagar toda su lenta agonía, las sirenas del consumo irracional no paran de enviar sus mensajes por los turistas o la televisión. Sin embargo la cultura revolucionaria con su valorización del bien común y de la res pública, con su ética donde prevalece el bien de todos, con su capacidad de repensar el futuro y de expresarlo en la música, la danza, la poesía, el arte, con la recuperación de su historia y de su patrimonio, posee bases para afrontar los desafíos del nuevo siglo.


La sociedad y la cultura cubana pueden contribuir a encontrar respuestas a la ola actual del pensamiento posmoderno, donde la diversidad, los pequeños relatos, la historia inmediata contradicen un proyecto de defensa de la humanidad, dejando abierto el camino del capitalismo como sistema mundial. No se trata de proponer un neo dogmatismo, sino de reconocer la pluralidad, la incertidumbre, lo aleatorio, como dice Edgar Morin, sin abandonar metas de reconstrucción coherente después del drama ecológico, social y cultural del neoliberalismo.


El siglo XXI necesita cuatro componentes  principales. Primero la utilización renovable de los recursos naturales, como lo recordó Fidel, lo que significa una visión renovada de la relación con la naturaleza. Después, una prioridad del valor de uso sobre el valor de cambio, objetivo de la revolución, pero que supone el desarrollo de una cultura económica realmente poscapitalista.


En tercer lugar, una democracia ampliada para la gestión colectiva de la sociedad, basada sobre una participación popular generalizada, y finalmente la interculturalidad, dando la posibilidad a todas las culturas, a todos los componentes del saber, a las varias religiones, de contribuir a la construcción colectiva de la utopía. Quién podría rescatar el papel central de la creatividad artística, garantía del humanismo revolucionario, expresión de la esperanza, consagración del amor del prójimo, construcción del futuro, como Guayasamín, que pasó de la expresión de los sufrimientos del Cristo de los oprimidos a la liberación de la ternura. La cultura del nuevo siglo tendrá que comprobar  que otro mundo es posible.


(*) Ponencia del sociólogo, teólogo y escritor belga, catedrático de la Universidad Católica de Lovaina e integrante del Consejo Internacional del Foro Social, en el Panel Sin Cultura no Hay Libertad Posible; Coloquio Internacional Memoria y Futuro: Cuba y Fidel; La Habana, 30 de noviembre de 2006.


Fuente: http://www.elsiglo.cl/noticia.php?id=3073&sec=0&subsec=0&area=agencia
 








Publicado en: 2007-01-09 (3260 Lecturas)

[ Volver Atrás ]




Se autoriza la copia, distribución y comunicación pública, parcial o total de las obras contenidas en esta página,
haciendo referencia a los créditos de la misma.


Página Generada en: 0.12 Segundos